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La
última tarde, en el Juncal, los Marmillod, contemplaron
la cara Noroeste del Alto de los Leones, de 5.445 metros SNM.
Visto de perfil, este cerro, parece un obelisco que se destaca,
de 2.500 metros de desnivel, sobre el valle circundante; visto
de frente parece la quilla de un barco dado vuelta. Como otras
montañas de Chile Central, no ofrece una ruta fácil
hacia la cima. Fritz Reichert, quien en el año 1911,
hizo la primera subida a Juncal, declaró rotundamente
que el Alto de los Leones, nunca sería escalado por
nadie. Pero Frédy, lo desafió escribiendo: "El
Alto de los Leones, no puede romper la ley de la cordillera,
más que las cimas vecinas."
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| Alto
de los Leones |
Acercándose
a los años treinta, el Alto de los Leones había
sido el único pico en Chile Central aún no escalado,
era el objetivo que ambicionaban muchos andinistas, tanto
chilenos como inmigrantes europeos. El fracaso de numerosos
intentos, hizo que el halo de inescalable, fuese cada vez
mayor, inclusive que se lo considerase imposible de escalar.
En el año1934, una expedición a cargo del conde
e industrial italiano Aldo Bonacossa, se dividió la
misma en varias expediciones, que visitaron tanto Argentina
como Chile; una cordada de ésta, visitó la región,
la misma conducida por el famoso alpinista Giusto Gervasutti,
hizo la tentativa para escalarlo, pero el mal tiempo intervino,
por lo que decidieron escalar el cerro Littoria. Otros dos
miembros de la expedición, Gabriele Boccalatte y Piero
Zanetti, hicieron un reconocimiento alrededor de la base del
pico y se dieron cuenta de que sería una propuesta
difícil. Como no tenían mucho tiempo, abandonaron
la montaña y optaron por una segunda subida al Nevado
Juncal, a pesar de su gran deseo de subir esta cima que se
mantenía aún virgen. Escalaron una nueva ruta,
del lado Norte de Nevado del Juncal, la misma ruta, que fue
seguida cuatro años más tarde por los Marmillod,
en diciembre de 1938.
En
marzo de 1939, los Marmillod se unieron a un gran grupo de
montañistas chilenos para un intento de subir por lado
Sudoeste el Alto de los Leones. La propuesta fue problemática,
requirió de una semana para establecer el campamento
base. Siete montañistas comenzaron la subida, bien
equipados y aprovisionados para varios días, pero luego
de unas pocas horas, cuatro de ellos regresaron. Frédy,
Dorly y Carlos Piederit continuaron un día y medio
más, llegando a 250 metros por debajo de la cima, en
donde, por dificultades técnicas y falta de comida
estuvieron forzaron a regresar.
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Carlos
Píderit
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Teniendo
esperanzas de intentarlo nuevamente antes de la llegada del
invierno, el matrimonio, aprovechó las vacaciones de
Pascua para intentar escalar la cara Noroeste, la cual había
parecido tan atemorizante durante su ascenso al Juncal. Nuevamente,
Carlos Piderit, se unió a ellos, el mejor andinista
chileno de ese momento, y uno de los pocos que intentaron
un montañismo de dificultad, y exploraron nuevas alternativas
para atacar la cima. Cuando la Escuela Nacional de Montaña
Chilena, fue establecida en Santiago, Piederit fue elegido
como primer instructor, y tuvo un rol importante al enseñar
a chilenos el uso de la cuerda y de la piqueta para desplazarse
en el hielo.
El
viaje de Santiago a la base del Alto, les llevó un
día, e instalaron el primer campamento en el mismo
punto donde lo habían puesto para el ascenso el Juncal.
Al otro día, los andinistas avanzaron por un camino
fácil hacia el campamento dos ubicado a aproximadamente
4.000 metros SNM., situado en un punto protegido, cerca de
un pequeño glaciar. A una corta distancia, escribió
Frédy, una ininterrumpida cañoneada de proyectiles
de todos los tamaños caían del glaciar. Nos
acostumbramos muy rápido a ese ruido que la naturaleza
nos brinda, mucho mejor que el jaleo o ruido de los autos
en las noches de Santiago, de todas formas nos dormimos hasta
la mañana. Frédy describió los dos días
siguientes de subida: La mañana del 9 de abril, luego
de encordarnos, iniciamos la subida directamente hacia la
ladera que se encontraba sobre nosotros. Para aligerar el
peso de nuestras mochilas, dejamos la carpa en el campamento
2 y solo llevamos nuestras bolsas de dormir. En vez de la
cara sólida que nuestras imaginaciones suizas esperaban,
apenas comenzamos nos enfrentamos con rocas minuciosamente
destrozadas, como normalmente se dice, con roca podrida. De
cornisa en cornisa escalamos pacientemente todo el día
en más o menos una línea recta. Nuestra mayor
preocupación eran las rocas que caían. Numerosas
laderas ofrecían una agradable escalada en roca sólida;
nuestras mochilas pesadas tenían que ser alzadas con
la cuerda.
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| Carlos
sobre Campamento 2. Cima al fondo.
Foto: C. Píderit |
Dorly
en la pared noroeste de Alto de los Leones. "Roca
mala".
Foto: C.Píderit
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Pasamos
el pedregal y luego, las defensas de la vertiente se acercaban
progresivamente y tuvimos que escalar numerosas pasajes. Mientras
tanto, la noche se acercaba, y era muy complicado que encontráramos
una pequeña repisa para pasar la noche. Estábamos
a los 4.800 metros, alrededor de 300 metros debajo de la cima.
Doblamos hacia el Nido del Águila, recibimos un frió
intenso y una gran lucha contra el viento persistente.
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| Ascent
of Alto de los Leones |
El
10 de abril, reanudamos la ascensión y rápidamente
llegamos a una altura crítica, alrededor de 150 metros
debajo de la cima, donde tuvimos que comenzar una larga travesía
hacia Norte, hacia la primera entrada y el filo del glaciar.
Entramos en un importante sistema de pendientes suaves. El
éxito de nuestra travesía ahora dependía
completamente de su continuidad. Continuamos o no, nos preguntamos.
La incertidumbre de los que seguía nos hacia dudar.
Cuando doblamos en una esquina, aclamamos con alegría,
pues, el descubrimiento de una nueva pendiente nos permitió
continuar con la travesía. Una parte del glaciar más
alto nos señalaba el camino. La esperanza, que nos
había llevado por tres días, hizo latir nuestros
corazones aún más rápido, no tanto por
la altitud, sino por lo que debajo de nuestros pies aparecía,
era la cara de la montaña que bajaba caóticamente
en las profundidades del valle Juncal, dos mil metros hacia
abajo, donde podíamos distinguir el pequeño
techo de nuestra carpa que habíamos dejado en el campamento
base, al lado del borde del glaciar. Sobre nuestras cabezas
sobresalían las rocas sólidas que defendían
la cresta. Era imposible subir o bajar; estábamos a
la suerte de estas cornisas, las cuales estaban escondidas
detrás de un ángulo nuevo de la cara a unos
cincuenta metros. Me acordé de una vieja película,
en la cual Harold Lloyd, estaba caminando dormido a lo largo
del borde de un rascacielos. Manteniendo nuestra respiración,
pasamos debajo de varias cornisas gigantes, las que parecían
listas para caer en cualquier momento de la roca cálida
y seca. Y de repente, observamos una hermosa vista, todo lo
que nos separaba del glaciar superior era una pequeña
ladera. Luego de un instante, alcanzamos el filo de la cresta,
a un paso de la cima. El glaciar, al cual llegamos hasta su
parte media, descendía desde la cima en ondulaciones
y desaparecía varios cientos de metros abajo en el
abismo de la cara Sudoeste. Algunas grandes grietas la cruzaban
de un lado a otro, pero ninguna parecía cortar completamente
el acceso a la cima, ahora separándonos no más
de 300 o 400 metros. Casi seguros de la victoria, nos sentimos
como bailando de la alegría en el glaciar liso y plano.
Qué relajación maravillosa, luego de pasar tres
días en la cara destrozada, con la amenaza constante
de la caída de rocas. Dejamos nuestras mochilas en
el borde del glaciar. Cayó la noche. Podíamos
sentir lo cerca que estábamos próximo al éxito,
y esto nos permitió sonreír durante la noche
estrellada, aún mientras nuestros dientes castañeaban.
El
11 de abril, los tres escaladores dejaron el glaciar temprano,
y partieron hacia la cima, llegando a media tarde. Allí
construimos una pequeña pirca o mojón de piedra,
en la que dejé mi piqueta, escribió Frédy
y continuaba, esta es una tradición andina, el dejar
una piqueta en la cima, y cambiarla por la dejada por el grupo
anterior. Por ejemplo, nadie creería que escalaste
el Aconcagua, si volvés sin la piqueta de los antecesores!
El viento glacial me hizo reflexionar por haber dejado la
piqueta en la cima, heredada un tiempo atrás en los
Alpes, de un escalador desconocido. Hicimos un examen de nuestra
conquista, asomando nuestras cabezas como curiosos tordos,
fuera del abismo que rodeaba nuestros rostros. Desde la cima
del valle de Los Leones, el río brillaba como un collar
de perlas, en el valle del Juncal, a unos dos mil quinientos
metros más abajo, se veía la forma blanca del
glaciar del Juncal. La vista era ilimitada, grandiosa, pero
el espectáculo más impresionante era el glaciar
que comenzaba donde estaban nuestros pies.
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| Descanso
de Carlos y Dorly en el glaciar de cumbre
Foto: F. Marmillod
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Dorly
y Frédy en la cima de Alto de los Leones
Foto: F. Marmillod
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"Nuestra
bandera suiza, estaba en una caja de metal con el emblema
del Club Andino de Chile y la depositamos en la pequeña
pirca o mojón de piedra. A las cuatro, nos fuimos de
la cima, antes de que se hiciera de noche llegamos al glaciar
superior, donde pasamos la última miserable noche.
Al otro día, bajamos lentamente. La tarde del 12, llegamos
a la carpa, y el 13 de abril, regresamos a Santiago, con la
rica experiencia de una hermosa aventura. Esta experiencia
excepcional sopló constantemente, la llama de nuestras
futuras ambiciones."
Frédy resumió la totalidad de la naturaleza
de la subida: "Era imposible esquivar la ladera con rocas
que caían, un peligro constante en todos los lados
de la montaña, sufrimos el frío retardado de
la temporada. De acuerdo a las dificultades técnicas,
no sobrepasaron un punto medio para esta clase de cumbres.
La mayor dificultad fue escalar desde una altitud de tres
mil a cinco mil cuatrocientos metros, y de allí hacia
arriba, subir la pendiente muy empinada con cargas muy pesadas."
El cerro Alto de los Leones demostró ser una excelente
subida, que hicieron los Marmillod en los Andes. La vía
y el cerro, a partir de ese momento fue un clásico,
con una ruta peligrosa y excitante; mientras que la subida
fue un evento significativo en la historia de la Cordillera.
Si Alto pudo ser escalada, entonces podrían serlo otras
cumbres, difíciles o imposibles, y la gran publicidad
hecha por los medios de comunicación, alentaron a andinistas
chilenos para intentarlo y realizar otras cumbres.
Los Marmillod establecieron una gran actividad deportiva,
una escalada excelente muy dura técnicamente y difícil
para le época. Intentado más frecuentemente
que escalado, el Alto de Los Leones mantenía una formidable
reputación. Cuarenta años más tarde desde
su primera subida, solo diez adicionales ascensos habían
sido completados, siempre por la ruta original. Hasta el año
1979, no hubo una nueva y difícil ruta establecida
en la ladera Sudoeste, la primera ruta auténtica para
llegar a la imponente cima.
Poco tiempo después de haber escalado Alto, la empresa
Sandoz transfirió a Frédy a México. En
marzo de 1941, él y Dorly hicieron la segunda subida
del Fraile de Actopan, una torre de roca de setenta metros
en las Montañas del Pachuca al Norte de la ciudad de
México. La torre está caracterizada por estar
compuesta de roca descompuesta, lo cual hizo que Frédy
tuviese que colocar algunos clavos para asegurarse, y asegurar
a su compañera. Lo hicieron cuatro meses después,
de que Dorly diera a luz a Mariette, su primera hija. Durante
dos años en México, Frédy y Dorly escalaron
los picos nevados de Popocatepetl, Ixtaccihuatl, Orizaba,
y algunas cimas más bajas. Como a numerosos viajeros,
a ellos también les quitaron parte de su equipaje cuando
intentaban ascender un cerro, nos comenta Frédy: "Una
vez en Popocatepetl dejamos nuestras mochilas por algunas
horas ubicadas en una pequeña cueva de roca; cuando
regresamos, nos dimos cuenta de que alguien se había
llevado cuidadosamente todos los artículos sin valor,
tales como, cuchillos, linternas, etc. Cuando subimos el Fraile
de Actopan, estacionamos el auto tontamente a gran distancia
de la calle principal. Una triste noticia nos sorprendió
cuando regresamos: hoyos en el auto, todas las ventanas estaban
rotas, una cubierta estaba pinchada, y nuestras pertenencias
habían desaparecido. Moraleja, uno debe seguir adelante
y no hay que creer en la honestidad de otros o en la eficiencia
de la policía, porque es tan dudoso uno como el otro."
En el año 1941, casi cuatro años de haber dejado
Suiza, los Marmillod anhelaban volver a casa. Sabían
que a causa de la guerra, pronto sería imposible realizar
el viaje, y Frédy pidió la visa de los Estados
Unidos así la familia podría reservar los pasajes
de un barco navegando desde Nueva York. Con suerte, estarían
en casa para Navidad. Luego de semanas de espera, el pedido
para la visa fue negada. Estaban atrapados en América
Latina, y allí siguieron viviendo los cuatro años
siguientes, donde trabajaron, formaron una familia y continuaron
escalando.
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