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Es sorprendente como muchos andinistas viven
en Buenos Aires, mientras Los Andes, están ubicados
1.000 kilómetros al Oeste. Aunque a decir verdad, uno
puede volar a Mendoza en un par de horas, o tomar un tren
que tarde 30 horas hasta Puente del Inca, al pie del Aconcagua.
Está bien para expediciones una o dos veces al año,
pero todavía deja a Buenos Aires con una deficiencia
grave: un área de completa escasez de práctica
montañista. Los acantilados y colinas más cercanas,
se encuentran en la Sierra de la Ventana, a 500 kilómetros
al Sudoeste de la ciudad, un poco lejos para ir por un fin
de semana.
Tal vez esta escasez de montañas, motivó a los
Marmillod a instalarse en una casa de tres pisos construida
de piedra. Practicaban, escalando las paredes por el lado
de afuera. Una vez cuando la familia no podía entrar
en la casa, porque se habían olvidado la llave adentro,
Dorly, escaló hasta el tercer piso y entró en
ella.
Al tercer o cuarto año, los Marmillod regresaron a
Suiza, durante el verano Argentino. Durante los veranos pasados
en Argentina, escalaron Los Andes por varias semanas. Para
mantenerse en forma, nadaban y jugaban al tenis durante todo
el año, y ganando algunos trofeos en estos deportes.
Cuando tenían días libres, manejaban hasta la
Sierra de la Ventana para escalar. Ocasionalmente, iban a
las afueras de la capital y escalaban una montaña de
rocas que era parte de una fábrica abandonada; este
sitio era popular entre miembros del Centro Andino Buenos
Aires.
Los Marmillod, estaban ahora cerca de los treinta, pero los
años no habían disminuido su entusiasmo por
el montañismo. La primera evidencia vino con su primera
expedición al Aconcagua, en febrero de 1948. Frédy
escribió en Los Alpes, en el año 1952:
"Diez años después de nuestra primer subida
a Los Andes, mi esposa y yo finalmente sucumbimos a la atracción
del Monarca. Intentamos subir el Aconcagua, acompañados
por nuestros amigos Konrad Burnner y Otto Pfenniger."
" El caos reinaba en Plaza de Mulas,
el campamento base debajo de los colosos. Una expedición
mexicana con sus escoltas argentinos había ocupado
este lugar por varios días. Mientras la mayoría
del grupo se dirigía hacia la cima, otros se quedaron
atrás en el campamento, intentando arreglar la radio.
Al otro día y a lo largo de la noche, los andinistas
deambulaban, solos o en pequeños grupos. Seis de 14
participantes habían llegado a la cima, y dos tuvieron
serios problemas de congelación. Cuando las baterías
en la radio no funcionaron, la voz del interlocutor fue reemplazada
por un generador que las recargaba. Para orientar a los rezagados,
los soldados dispararon llamaradas de fuego e hicieron explotar
cargas explosivas,... veinticuatro horas después, la
mayor parte de la expedición había regresado
a Puente del Inca. Luego de este tragicómico episodio,
tan típico del lugar, nos detuvimos en nuestros planes.
El primer plan era escalar el Cerro Cuerno; los Marmillod
y sus amigos, establecieron una nueva línea directa
en el glaciar de Horcones Superior, hacia la cima que penosamente
fueron haciendo el camino a través del interminable
terreno nevado, antes de llegar a las rocas, y luego, la cima,
subida por primera vez por una mujer. La noche estaba cerca
y no fue planeada, lo hizo que pasaran un frío inolvidable.
Y continúa Frédy:
"Nuestro amigo Brunner, uno nuevo en América,
encontró este bautismo en la Cordillera un poco duro,
y tuvimos que admitir que la travesía a escalar había
excedido nuestras expectativas."
Luego de un buen descanso en Plaza de Mulas, el grupo escaló
hasta la cima del Aconcagua, en dos días. Seguía
con el comentario, Frédy:
" Sentía mi cuerpo como si fuera plomo. Cada paso
te pone al borde de la sofocación y requiere una pausa
compensatoria. Si perdés el aliento, el esfuerzo hecho
para recuperarte te fuerza a parar algunos minutos para que
tu respiración vuelva a la normalidad. Cuando llegamos
a la cima, nos parecieron eternas las horas que habían
transcurrido desde que retomamos camino, hasta llegar a la
cumbre. Tres aproximadamente, de acuerdo a nuestros relojes;
en la cima nos estrechamos las manos. Quería decir
algo, pero estaba imposibilitado de emitir cualquier sonido;
más que nada quería gritar admirando a mi esposa,
quien había subido con aparente facilidad y quien estaba
allí, sonriendo, en esta cima donde uno se siente apartado
del mundo y de la humanidad."
Dos mujeres habían precedido a Dorly hasta la cima
del Aconcagua, Adriana Bance, en los años 1940 y 1944,
y Maria Canals, en el año 1947. Ambas murieron en la
montaña, y Dorly y sus compañeros tuvieron un
destino similar.
Las nubes tapaban la cima y comenzó a nevar, rápidamente
cubrieron el camino de regreso. El grupo se apuró a
descender pero pronto perdieron la ruta. Bajaron hasta lo
que les permitió la luz del día, tropezando
sobre restos de un campamento viejo debajo de unas rocas sobresalientes.
Aquí encontraron una manta y restos de una carpa. Este
descubrimiento milagroso y el cese de la tormenta de nieve,
probablemente salvó sus vidas. Cuando la luz del día
regresó, encontraron el camino a no más de 20
minutos al refugio Plantamura, lugar este que posteriormente
adopto el nombre de Berlín, por el otro refugio que
se instaló.
" El Aconcagua es un horrible montón de piedras
sueltas, la subida es descorazonadora, interminable, desprovista
de dificultad... y sin embargo, tuvimos una experiencia magnífica,
la cual siempre permanecerá en nuestras mentes como
una luz brillante de lo más profundo de nuestras almas,"
decía Fèdèric.
De vuelta en Buenos Aires, un corresponsal de una radio Suiza
llamó a Dorly para una entrevista; pero ella se negó;
el hombre no se rindió fácilmente; después
de todo, Dorly era la única mujer viva que había
escalado la montaña más alta del Hemisferio
Sur. El corresponsal le rogó por varios meses, y colmó
la paciencia de Dorly, quien decidió finalmente darle
una entrevista de cinco minutos.
Hasta ahora, Frédy había ganado una reputación
como el mejor escalador suizo de los Andes. Cuando el Club
Alpino Académico de Zürich (AACZ), organizó
una expedición a la Cordillera Blanca, en el verano
de 1948, lo invitaron a unirse. Normalmente las expediciones
de este tipo, estaban organizadas y financiadas solo por miembros;
Frédy, quien no era un miembro, se sintió honorado
por la invitación y aceptó con placer.
Llegó a Perú a principios de junio, para juntarse
con otros miembros de la expedición: Dr. Rüdi
Schmid, Fritz Sigrist, Ali Szepessy, y el líder Bernard
Lauterberg, quien luego encabezó la primera expedición
suiza a Dhaulagiri.
Sigrist recuerda la impresión que tuvo sobre Frédy.
"Nosotros cuatro, integrantes del Club Alpino Académico
de Zürich, nos habíamos conocido por años
y habíamos hecho muchas escaladas juntos. Conocimos
a Frédy, la primera persona desde nuestra llegada a
Lima, y en muy poco tiempo, se convirtió en miembro
de nuestro equipo, por lo que ya no fue considerado un extraño.
Un hombre con un carácter diferente, no se habría
adecuado tan fácilmente. Era un excelente compañero
de montaña, siempre listo para ayudar. Uno podría
depender sobre él en cualquier tipo de situación."
Durante un período de dos meses, la expedición
hizo varias subidas, incluyendo Nevados Cachuas, de 5.110
metros, Cashan, de 5.723 metros, y Pucaranra, de 6.156 metros,
realizadas por todos los miembros de la expedición,
menos Szepessy. A mediados de julio, la expedición
concluyó su camino a la Quebrada Alpamayo. Finalmente,
Frédy, tuvo otra oportunidad para escalar Nevado Santa
Cruz. Desde el campamento Base, el grupo estaba concentrado
en cómo atacar Santa Cruz. Algunos pensaban realizarlo
por la vertiente Norte, mientras otros preferían otra
vertiente más empinada. Por consiguiente, el grupo
se dividió en dos, para intentar llegar a la cima por
diferentes rutas.
Con un último saludo de los otros, Frédy Marmillod
y Ali Szepessy, cruzaron el Bergschrund debajo de la cara
Norte del Nevado Santa Cruz. Sobre la cual había una
ladera empinada de 400 metros de alto. Encordados, pero sin
protección, los dos escaladores ascendieron por diez
horas, el resto observaban: "como moscas en una ventana
de vidrio siguiendo el doblez de la cortina". Ali, era
su primer ascenso serio de gran altitud, quiso regresar cuando
sus manos se mojaron y enfriaron, pero Frédy le dio
coraje para que continuara.
Cuando llegaron a la cresta Norte, por donde tenían
que ir Lauterberg, Schmid y Sigrist, que es la más
alta, Frédy y Ali no encontraron rastro de ellos. Continuando
a lo largo de la misma, hicieron su propio camino alrededor
de grietas y cornisas, con nubes gruesas por arriba de ellos,
hasta que la noche los sorprendió y a pesar de la falta
de bolsas de dormir, durmieron dentro de todo bien, en sus
bolsas o sacos de Zdarsky. La mañana siguiente, llegaron
a la cima, cuya altitud es de 6.241 metros. La vista no podría
haber sido mejor, totalmente desanublado, y el paisaje a sus
pies.
Frédy los guió en la ruta y cocinó para
su compañero exhausto. No se iba a perder llegar a
la cima esta vez! Luego de dos fracasos previos; este fue
un éxito bien ganado y Frédy consideró
la escalada como "uno de los más hermosos tesoros
de mi carrera alpinista".
Nevado Santa Cruz fue rara vez el objetivo de expediciones
posteriores. En el año 1975, solo una subida fue realizada,
en parte por la naturaleza expuesta de sus laderas. Más
importante, sin embargo, era el pico más próximo,
el Alpamayo, que hacía sombra a las cimas más
altas alrededor de el. El Alpamayo, no había sido escalado
hasta ese momento, sorprendió con su belleza natural
a la expedición suiza, su pirámide simétrica
de hielo les encantó como una sirena. La expedición
estableció un campamento debajo de la cima, habiendo
cruzado un laberinto peligroso de séracs. A través
de binoculares, Frédy siguió el lento progreso
de Latuerberg, Schmid y Sigrist, ya que subían la cornisa
Norte del Alpamayo. De repente, una cornisa se partió,
y desencadenó una avalancha. Los tres escaladores cayeron
en picada a lo largo de la vertiente Noroeste, seguidos por
bloques de hielo y una gran masa de nieve, hasta un descanso
que había mucho más abajo. Milagrosamente, los
escaladores sobrevivieron. Mareados, moretoneados y heridos,
los hombres cavaron hasta llegar a la superficie y volvieron
hasta el campamento bajo, por sus propias fuerzas.
El labio de Schmid, perforado por su propia piqueta, se sanó
rápidamente, pero a Sigrist se le había dislocado
el hombro; Schmid, no le pudo aliviar el dolor y solo podía
ofrecerle morfina. La expedición bajó inmediatamente
al Valle Santa Cruz. Sigrist y Frédy tomaron un micro
hacia Lima, Sigrist, para hacerse tratar el hombro y Frédy
para regresar a Buenos Aires, porque sus vacaciones habían
terminado.
Había sido un viaje maravilloso para Frédy,
con solo un ingrediente ausente: Dorly. Se había quedado
en Buenos Aires. Sin embargo, la pareja regresó a la
Cordillera Blanca, en septiembre de 1949, intentaron subir
a Aguja Nevado, llegando a 200 metros por debajo la cumbre.
Con la llegada de Christiane en diciembre de 1948, la familia
Marmillod estaba completa, con cuatro hijas. Las escaladas
de los años siguientes fueron muy excitantes. En febrero
de 1950, hicieron el primer ascenso a Alto de los Arrieros,
de aproximadamente 5.000 metros. Fueron a escalar con dos
compañeros, Otto y Lorenzo Pfenniger, padre e hijo.
Pfenniger padre era un andinista famoso de origen suizo, quien
hizo numerosas primeras subidas, especialmente del lado chileno
de la Cordillera de los Andes.
En marzo de 1951, Konrad Brunner y Marta Soini se unieron
a los Marmillod, para realizar una expedición al Tupungato,
de 6.550 metros, la cima andina más alta al Sur del
Aconcagua. Pasaron una semana entera dirigiéndose al
macizo con mulas y a pie, llegando a unos metros por debajo
del punto culmine; pero gruesas nubes y mal tiempo, les impidió
encontrar la verdadera cima. Luego, hicieron un intento a
otra montaña próxima, la Sierra Bella, de 5.230
metros, pero el esfuerzo al Tupungato, había agotado
las energías del grupo. Frédy llamó a
esta escalada, "un largo calvario". Luego al volver,
a una altura de 5.000 metros, el grupo tomó un atajo,
para no seguir las cargas, perdieron la senda y entraron en
un océano de penitentes.
Cada tres o cuatro años, Sandoz ofrecía a los
empleados suizos visitar su hogar. Los Marmillod hicieron
que estas vacaciones coincidieran con el invierno europeo.
La familia alquiló un chalet en los Alpes y fueron
a esquiar. Por la noche, algunos amigos se acercaron para
cenar una fondue; a todo esto, Frédy, tenía
una reputación por apreciar las buenas comidas y bebidas
y las fiestas y buenos momentos, duraban siempre, hasta el
amanecer. Elvira se volvió experta cocinando para grupos
grandes de gente y aprendió a hablar francés
durante estos días en Europa.
Los Marmillod realizaron esquí de montaña o
travesía, rechazando subir por las telesillas, ya que
preferían hacer ejercicio antes que esperar en las
filas. Con el paso de los años, se relajaron un poco
y se permitieron el lujo de subir por las telesillas, ya que
les permitía ir más lejos.
En el año 1952, los Marmillod, quisieron subir nuevamente
el Monarca de los Andes, una vez más. Hasta ese momento,
el Aconcagua se había subido solamente por dos rutas:
la ruta normal, es decir la Noroeste y la ruta de los Polacos.
Yendo a través del Valle Horcones, en el año
1948, Frédy y Dorly, habían admirado la silueta
puntuda de la montaña Norte, y comenzar a pensar en
la idea de ir por una nueva ruta. Estudiaron la misma desde
varias cimas y posiciones de ventaja al Oeste, y en febrero
de 1952, decidieron subirla con Michel Ruedin. El mal tiempo
intervino y tuvieron que estar satisfechos con un ascenso
desde la ruta normal, cubierta de nieve.
Mientras tanto, Lionel Terray y Guido Magnone, dos miembros
de una expedición francesa, escalaron Chaltén,
un pico muy desafiante en la Patagonia. Cuando la expedición
francesa volvió a Buenos Aires, fue celebrado continuamente
por tres semanas, y los Marmillod hicieron una fiesta para
celebrar en su casa. El plato principal fue una gran torta
con la forma de cerro. Lionel Terray y Francisco Ibáñez
compartieron el honor de hacer el primer corte.
La reputación de la cara Sur del Aconcagua había
llegado a Francia, y la expedición planeó una
visita para examinar la montaña. Frédy fue invitado
y aceptó inmediatamente. El grupo llegó en marzo
de 1952 y encontró la cara Sur como un objetivo atractivo.
Los escaladores reconocieron las posibles vías de la
cara Sudoeste y decidieron tomar la ruta nueva. El temporal
no les permitió continuar, por lo que se rindieron
y volvieron a la Plaza de Mulas para intentar subir, pero
por la ruta normal.
Frédy esperaba ansiosamente la subida con Lionel Terray,
un alpinista reconocido en todo el mundo, pero el destino
decidió lo contrario. De repente, Frédy contrajo
un atroz dolor de muelas, lo que lo obligó a volver
apresuradamente a Buenos Aires para ser operado. Fue una pena,
y se arrepintió por muchos años el haber vuelto.
La mayoría de los escaladores franceses fueron afectados
por el mal de altura y también cancelaron el ascenso.
Los únicos dos que llegaron a la cima fueron Terray
y el Teniente Francisco Ibáñez.
Ibáñez, el oficial de enlace de la expedición
Fitz Roy, era un hombre de energía ilimitada, ambicioso
y encantador. Un caballero original, un verdadero caballero,
le caía bien a mucha gente y había escalado
el Aconcagua cuatro veces. Inspirado por Maurice Herzog y
el Annapurna, estaba planeando la primera expedición
argentina al Himalaya.
Fernando Grajales, un hombre de un carácter similar,
fue elegido para ser miembro del grupo para escalar el Himalaya.
Como Ibáñez, era uno de los mejores escaladores
argentinos de la época. Grajales tenía un buen
sentido del humor, por lo que era querido por todo el que
lo conocía, incluyendo a los Marmillod. Él recuerda
haber estado con Frédy y Dorly.
"En el año 1952, como yo estaba descendiendo a
Plaza de Mulas luego de haber subido el Aconcagua solo, cuando
llegué al refugio, fui directo a dos mochilas que habían
allí. Me robé un limón de una de ellas,
pertenecía a Federico Marmillod. De esta manera lo
conocí y me incluyó en su proyecto de escalar
la codiciada cara Sur. Marmillod, era un muy buen andinista,
un verdadero montañista pionero. Era uno de esos escaladores,
que abría nuevas rutas y siempre quería hacer
cosas nuevas en la Cordillera. Su esposa Dorly también
se distinguía."
El mismo año, como parte de su entrenamiento para la
expedición del Himalaya, Grajales e Ibáñez
hicieron un reconocimiento de la vertiente Sudeste del Aconcagua.
Tropezaron con muchos problemas al intentar subir por la vertiente
Sudeste y se dieron por vencidos, decidiendo unirse a los
Marmillod el año siguiente.
La escalada comenzó desde el Valle Horcones a mediados
de enero en 1953. Hacía muy poco que Ibáñez
había subido hasta la cima del Aconcagua, su quinta
subida, mientras que los Marmillod habían hecho su
primer ascenso al Cerro Mirador, de 5.509 metros. Grajales
los estaba esperando en la Plaza de Mulas.
Con tres mulas y un arriero, los escaladores atravesaron la
ladera Oeste hasta el campamento. Llegaron a los 5.500 metros,
el punto más alto, accesible por las mulas, pero con
gran dificultad. Había estado un día entero
preparando la ruta, sacándole la nieve con la piqueta,
y una de las mulas, sufrió una caída de cinco
metros, por suerte sin ningún tipo de daño,
tanto para ella como para el equipaje.
Luego de un día de reconocimiento, la subida comenzó
el 20 de enero, cada escalador cargando 15 kilos. Confiando
sus vidas en la bolsa de dormir, colchones de aire, y la carpa
Zdarsky y luego, valientemente dejaron sus carpas atrás.
Entre los 6.000 y 6.600 metros, el filo Suroeste, era difícil
su acceso por las características de las rocas, que
eran de un conglomerado, poco confiable. La clave de la ruta,
era un gran paso alto, que bajaba por la cara Sudoeste. Los
cuatro avanzaron entre dos y tres kilómetros. Escalaron
desde el campamento de altura hasta la primera torre y luego
descendieron 200 metros, donde colocaron un vivac, debajo
de una roca sobresaliente.
La mayor parte del día siguiente fue utilizado en el
pasaje del canalón o couloir. Luego de varios cientos
de metros se estrechó a más y dio paso a una
rampa de nieve donde los escaladores se debieron colocar los
grampones y escalaron encordado, por primera vez. Un rato
después, que habían pasado la parte más
estrecha, un gran bloque se desprendió de la ladera,
la única roca caída durante el ascenso. El canalón
o couloir, se ensanchó en la pendiente empinada, y
a 6.400 metros, emplazaron el segundo vivac.
" Durante la noche, el tiempo se deterioró,"
escribió Frédy, "las nubes descendieron
en nuestra montaña y comenzó a nevar torrencialmente,
acompañado de un fuerte viento. Poco a poco, la nieve
comenzó a entrar en nuestras camas de dormir, empapando
todo. En la mañana, tuvimos que extraer trabajosamente
la nieve de todos lados. Nuestro estado de ánimo era
malo, y dado el mal tiempo, ni si quiera pensamos en subir
más alto. Teníamos comida y combustible para
dos días. Afortunadamente, el tiempo mejoró
en la tarde. El sol del Poniente, aumentó nuestras
esperanzas antes que llegaran las horas de la noche."
" El 23 de enero, el ruido amigable del horno de alcohol,
había estado sonando desde las 2 de la mañana.
Rellenamos nuestros bolsos y a las 7,30 comenzamos la última
etapa. Las dos primeras horas fueron las peores. Habíamos
escalado sólo un poco cuando el viento nos atacó
violentamente. Siguiendo una segunda ruta en la vertiente
Oeste, llegamos al verdadero Filo Suroeste, a los 6.700 metros.
El cielo estaba sin nubes y la vista se extendía a
lo lejos en cualquier dirección, como si estuviéramos
mirando para abajo desde un avión. Paramos para masajear
los pies de nuestros compañeros, y al rato, continuamos.
Habíamos pensado que la cima estaría llena de
nieve, pero nos encontramos con una extensa cima dónde
la nieve se alternaba con rocas sobresalientes. Poco a poco,
el viento se calmaba. Este fue el día más lindo
de las tres semanas en la Cordillera. Ascendimos con una paz
enorme, disfrutando inmensamente nuestra caminata. Del Mercedario
al Tupungato, la gloriosa serie de picos y glaciares de la
Cordillera Central se dispersaban a lo largo de doscientos
kilómetros. Mientras bajábamos, ya estábamos
planeando las rutas en la Cara Sur."
" A las 5 de la tarde, nos dimos el tradicional abrazo
en la cima Sur del Aconcagua, de 6.930 metros. Allí,
bien enterrada, encontramos la piqueta que habían dejado
seis años atrás, Thomas Kopp y Lothar Herold,
los primeros en realizar esa cima, subiendo por la ruta Norte.
Cambié las piquetas, sin saber que unos pocos días
después la mía sería bajada por una expedición
japonesa y se la ofrecerían solemnemente al presidente
Perón. Esas son las pequeñas bromas del destino
en la cima del Aconcagua!"
" La cadena, por la que continuamos, era estrecha y requería
cruzarla con cuidado, más que nada porque estaba cubierta
de nieve. Luego de 200 o 300 metros, el camino se puso más
fácil y finalmente guardamos los grampones y enrollamos
la cuerda. Luego, pasamos el cadáver del guanaco. Ibáñez
le cortó una pezuña como souvenir. La cima Norte,
parecía saludarnos como un amigo desde el otro lado
de la calle. Nos hubiera gustado contestarle y subirla, pero
no había mucho tiempo, y pasar otra noche, no era parte
de nuestro plan. A las 9 en punto, entramos en pequeño
refugio Presidente, General Juan Domingo Perón, luego,
cambiado su nombre, en el año 1955, por de Independencia.
Rápidamente, Grajales limpió la nieve que había
entrado por la puerta y nos instalamos."
" Al otro día descendimos hasta Plaza de Mulas,
previo a dos largo descansos, uno en el Plantamura y luego,
en el primer hilo de agua que encontramos. ¡Qué
linda música que hace el agua cuando corre! Nuestras
sedientas gargantas dieron grandes tragos, y luego nos quedamos
un largo rato, mientras el sol acariciaba nuestra piel...
después de pasar varios días en un mundo helado,
da la sensación de una intensidad excepcional. La memoria
de nuestra hermosa aventura se nos arraigó, lista para
brillar en los tiempos más oscuros."
" En la ruta del filo Suroeste, la cual tuvimos la satisfacción
de abrir, se pueden encontrar solo dificultades técnicas.
La ruta es, sin embargo, mucho más interesante, más
alpinística, que la habitual ruta de la Norte. Pasamos
siete días en la montaña, incluyendo uno para
investigar la ruta y otro, por mal tiempo. Indudablemente,
un equipo bien preparado puede hacer la travesía en
cuatro o cinco días, con condiciones favorables."
No se volvió a escalar el filo Suroeste, hasta el año
1979. Fernando Grajales explicó por qué: "Creo
que es porque el acceso a la ruta es complejo. Una vez arriba,
no es difícil. Pero el filo Suroeste requiere mucho
estudio porque en la parte más baja hay muchos couloirs
y barrancas y es necesario elegir la correcta."
Ibáñez y Grajales continuaron con
sus planes con respecto al Himalaya al siguiente año.
Bajo el liderazgo de Ibáñez la expedición
"Presidente Perón" alcanzó los 8.000
metros, en el Dhaulagiri. Durante el retiro tormentoso, a Ibáñez
se le congeló un pie, hasta tal punto, que no pudo volver
a caminar. Un rescate heroico de los andinos y de los sherpas,
no pudieron cambiar el resultado de la tragedia. Ibáñez
murió en el hospital Katmandú por sus heridas.
El montañismo argentino perdió a su partidario
más entusiasta, y los Marmillod perdieron un gran amigo.
Luego de su tercera subida al Aconcagua, Frédy y Dorly
cambiaron su atención del montañismo de gran altitud
a alpinismo de rocas y viajes a glaciares fáciles. Comenzaron
a llevar a sus hijas, y el andinismo se convirtió en
una aventura familiar, excepto por Christiane, quien era todavía
muy joven. Siguiendo la iniciación del andinismo en rocas
en la Sierra de la Ventana, las chicas recibieron su primer
sabor de andinismo en el Río District del Sur de Chile-Argentina.
La mayoría de las vacaciones desde mediados hasta fines
de los años cincuenta, las pasaron en el río de
Todos los Santos, una base conveniente para explorar el río
District. En la orilla de enfrente, se encontraba el Puntiagudo,
de 2.494 metros, la primera vez escalado fue en el año
1937, cuando uno de los primeros grupos fue asesinado en el
descenso. A causa de esa tragedia y de la notable roca podrida
del pico, Walter Koch, el padre de Marta Soini prohibió
que fuera subido. Pero los Marmillod, no se pudieron resistir
a la llamada del Matterhorn. Desde la casa de Kouch al pie de
la montaña, Frédy y Dorly, se pusieron en camino,
acompañados por hijas de ambas familias. Mariette Marmillod,
recordó que la roca parecía desmoronarse cuando
la miraban. El grupo no pudo llegar a la cima en esa ocasión,
pero en un nuevo intento más tarde, Frédy y Dorly,
vencieron las dificultades de la cima y llegaron hasta la cumbre.
En esos años, llegaron hasta otras cimas, como al Volcán
Lanín, de 3.776 metros, una escalada aburrida de tres
días; también escalaron, el cerro de Los Tres
Picos, de 2.600 metros; y varios ascensos al Monte Tronador,
de 3.554 metros, la montaña más alta y linda en
Bariloche y de la región Sur.
Frédy y Dorly, se perdieron la cima andina más
alta en el norte, y en 1956 regresaron al Aconcagua con J. Guajardo.
Su objetivo era escalar la cadena Sudeste, pero el tiempo y
dificultades técnicas no se lo permitieron. Triunfaron
al hacer la segunda subida del Cerro Ameghino, un pico Noreste
del Aconcagua.
Cerro López, un pico interesante cerca del área
de ski de Bariloche, atrajeron a los Marmillod varias veces.
Una vez cuando la familia estaba escalando un pico fácil,
un escalador jóven intentaba escalar una ladera empinada.
En la cima, Frédy miró alrededor, llamó,
y escuchó. No había signo del escalador y ninguna
respuesta a sus llamados. Más tarde, Frédy encontró
el cuerpo maltratado al pié de la cara.
Este incidente y otros accidentes aumentaron la conciencia de
Frédy por los otros. Si una persona en el refugio parecía
sin experiencia o sin el equipaje necesario, o decía
que iba a intentar algo que Frédy creería que
no debería hacer solo, lo vigilaría.
Wenceslao Clerch, un escalador activo de Bariloche, recuerda
una ocasión: "Llegamos al viejo refugio en Tronador,
cansados y empapados a causa del mal tiempo. La cabaña
estaba llena de gente que ambulaba por ahí. Cuando llegamos,
un hombre nos hizo un té. Se presentó como Frédy
Marmillod. Al otro día, nos fuimos con la esperanza de
poder llegar a la cima. El tiempo no era bueno y tuvimos que
regresar. Cuando volvimos al refugio, todos se habían
ido, menos una persona, Marmillod. Dijo que como el tiempo era
malo, quería esperar y ver si regresábamos sin
problemas de la cima. Nos saludó y se fue." |